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Megamind (Tom McGrath, 2010)

CRÍTICA DE CINE// EL BUENO, EL FEO Y EL MALO.

Megamind
La estereoscopía supone un nuevo impulso industrial para la animación, en lo que parece una agonía anunciada por prorrogar la asistencia a las salas de cine. Una etapa menos lustrosa, más enfocada que nunca a comprimir el procesado y ofrecer productos acabados, proyectados y vendidos en grandes almacenes en apenas meses. Entre tanto la producción se acelera, muchas películas sucumben ante la indiferencia, si no la confusión que producen sus argumentos, estilos y trasfondos.

Megamind va de superhéroes, de villanos buenos y aparentes benefactores, pero no es Gru, tampoco una continuación de Los Increíbles, aunque con ésta bien podrían haber compartido algunos universos. La última producción de Dreamworks nace de un concepto creativo que comienza a ser cansino: dinamitar los lugares comunes de un relato arquetípico de reglas más que asimiladas por el público. En este caso, una historia sobre el bien y el mal que deja al descubierto las costuras que la traban, para concentrar la atención en elementos antes incuestionables, quizás por aplastante sentido común. Por eso, a falta de coherencia, la experiencia se concreta en un delirio enmarañado, un auténtico disparate, que a pesar de un comienzo titubeante, acaba cogiendo forma y arrancando sonrisas.

Megamind tiene un buen problema de partida. Su argumento se desarrolla con toda su potencia a partir de una premisa que sin embargo, los guionistas no han sabido convertir en el inicio de la película. Para llegar a su arranque, hemos de asistir a unos 20 minutos previos en los que se corre mucho hacia donde pueda sacar petróleo, pero sin encontrar el tono, la gracia y con alguna torpeza narrativa importante. Son sus momentos más aburridos y si el espectador puede mantener el interés, pronto se verá recompensado en cuanto los roles de los personajes principales queden definidos y haya un objetivo en el horizonte. Entonces el film se encuentra, encantado, y evoluciona sobrepasando las pobres expectativas creadas. Se vuelve disfrutable y su exceso va acompasado de un buen ritmo, una realización especialmente ágil y destellos breves de profundidad psicológica en sus protagonistas que particularmente me resultaron muy conseguidos en las facetas esquizoides de Megamind, dicho esto con todas las reservas propias de un film animado. Además, sus apartados técnicos están resueltos con brillantez, y me refiero a una cuidada planificación estereoscópica y un diseño tridimensional de personajes muy creíble, especialmente las texturas y fluidez de movimientos corporales. En otros apartados como el score musical o su estética estridente, no mata, pero tampoco acaba de convencer.

Situada al lado de su hermana mayor, la exitosa Cómo Entrenar a tu Dragón, Megamind no soporta la comparación posible. La primera es un pastelito infantil relleno de cacao, y ésta una agresiva propuesta de apariencia irregular y argumento desnortado. No obstante, si se crece, es por el estímulo de algunas interesantes – y por momentos oscuras – cuestiones que plantea a adultos osados sin niños hiperactivos, sobre la justificación de los buenos actos, la ambigüedad del mal, y, dándole la vuelta a la película, sobre su papel necesario en la sociedad para dar sentido a cualquier intento por reaccionar y mantener una corrección ética con la que sentirnos cómodos, satisfechos y por supuesto, ocupados.

Publicada en tiooscar.com

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