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Los Ojos de Julia

CINE// CIEGOS DE NECESIDAD.


Hace dos años, el éxito comercial de El Orfanato no pareció pillar muy desprevenidos a sus productores. La apuesta, resultante de una sugestiva y calculada combinación de factores empresariales y profesionales con talento, debía repetirse con su misma ecuación industrial. Los Ojos de Julia contagia las mismas sensaciones que en su día nos prometía el debut de J. A. Bayona: unos sólidos valores de producción, el aval de Guillermo del Toro, Belén Rueda encabezando el cartel, la participación de Universal, Telecinco Cinema, y el mimo de Rodar y Rodar, que con este proyecto lanza al ruedo a Guillem Morales, otro realizador canterano que, ojo, no debuta más que como pieza eficaz en el engranaje de esta maquinaria de diseño.

Morales realizó una ópera prima arriesgada, El Habitante Incierto, que pasó desapercibida por la cartelera, y cuya premisa sorprendente – el espacio que no percibimos pero donde ocurren cosas – se extiende de alguna manera en la trama de Los Ojos de Julia. Estas señas personales de naturaleza oscura y potencialmente obsesiva, que en su primera película constituían el eje de un relato sobrio y bien manejado incluso en sus indecisiones, se desvanecen en esta ocasión en el interior de una contenedor discursivo que no está hecho a la medida de un autor en pleno desarrollo creativo, sino de las exigencias más trendy del mercado. Cabría pensar si no es Los Ojos de Julia para sus coproductores un intento de extraer los aciertos de Morales en su primer trabajo, para trasladarlos a un contexto de mayor envergadura y aspiraciones comerciales, y qué duda cabe, de menor interés. Para subsanarlo, el film recurre a la sobrexcitación derivada de una trama barroca como pocas, muy de género, pero algo destartalada, que intenta contentar a muchos, homenajear a unos pocos, y acaba congestionada por sus excesos.

Los Ojos de Julia es un producto que busca precisamente la acumulación y el continuo subrayado de las ideas que presenta. Se vale de un lenguaje básico, conocido por los espectadores y en el que la planificación de cámara, incluso cuando quiere ser protagonista, resulta obvia. Nada que objetar; al menos el film es distraído. Su fuerza dramática se concentra en golpes de efecto que van aumentando en número e intensidad hacia el final, un suspense exacerbado y oportunas tormentas con aparato eléctrico. En el fondo, la película huele a vieja serie B en nuevo envase, pero sin renunciar al entrañable lastre de unos personajes acartonados, atraídos como imanes por situaciones sórdidas y escenarios inhóspitos, y una acción muy coreografiada que por momentos acaba siendo gratuita cuando no fallida por su casualidad: ahí quedan los pobres recursos del guionista para dejar sola a la protagonista y permitir el avance compulsivo de la historia.

Si algo destaca y mucho en el visionado de Los Ojos de Julia, es su apartado técnico, a todas luces irreprochable. Disfrutar del film en una buena sala de proyecciones digital depara algunas agradables sorpresas, como una calidad de imagen impagable e inédita en el cine español o la mezcla de sonido Dolby 7.1, que algunos millones habrá puesto sobre la mesa para mostrar su sistema con un mastering de audio tan extremo y repartido por sus canales (y que imagino no llegará a las salas comerciales).

Con este proyecto, Morales expone con mucha claridad su perfil en nuestro panorama cinematográfico, acercándose a ese grupo de directores eficientes y dotados para cimentar una industria española que estabilice el retorno en taquilla y en el que hay pocas aventuras y muchos encargos. Por el contrario, se aleja un paso de otra posibilidad, menos exitosa, más arriesgada, de fortalecer un discurso propio en crecimiento creativo constante. A quienes se les permite combinar ambos caminos en el cine español, apenas se pueden contar con los dedos de una mano.

 

Publicada el 27 de octubre en tiooscar.com

Rudo y Cursi (Carlos Cuarón, 2008)

CRÍTICA DE CINE// Y TU HERMANO TAMBIÉN

rudoycursiTres directores mejicanos de reconocido prestigio y carrera internacional se reúnen por primera vez para producir cine patrio. No es casualidad que el realizador sea el hermano de uno de ellos, y que la trama escogida tenga una interesante lectura más allá de lo estrictamente cinematográfico, en la propio contexto real de estos cineastas consagrados: Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y sobre todo, Alejandro González Iñarritu forjaron su reputación con un cine personal que fue capaz de romper la barrera de lo local, pero que finalmente acabaron diluyendo sus señas de identidad hasta ser absorbidos por una industria estándar, dedicada a la reescritura descarada, incluso entre colegas (El Fauno de Del Toro  revisitaba la Princesita de Cuarón) o a la ejecución de fórmulas teóricamente autorales, que en el caso de Iñarritu le permiten obras muy Biutiful, pero vacuas y carentes de sutileza.

Con Rudo y Cursi, el trío intenta restituir lo que un día les hizo grandes, volver a la carga con un cine en principio humilde, fresco, y anclado en la realidad local de su país, donde se pueda encontrar aquellos destellos de virtuosismo que una vez a les sirvieron de trampolín en sus carreras. Un intento, por otra parte de reconciliación con aquellos tiempos en lo que su oficio tenía más de artesanía y voluntarismo que de producción en cadena.

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