Archivo de la categoría: Críticas

Críticas de cine

Balada Triste de Trompeta (A. de la Iglesia, 2010)

CRÍTICA DE CINE// MELODÍAS DE SEDUCCIÓN

La nueva película de Álex de la Iglesia viene precedida por los ecos de su triunfo en la pasada Mostra de Venecia, donde el jurado presidido por Quentin Tarantino (pista importante acerca de la naturaleza del film) le concedió el León de Plata al mejor director y la Osella al mejor guión. El film no podría ser más carismático y arriesgado en sus aspectos estéticos, logrando un conjunto muy atractivo visualmente que reúne las mejores armas cinematográficas de su autor, refinadas y mejoradas, pero también sus tics y debilidades narrativas.

Balada Triste de Trompeta cumple por su espectacularidad ascendente, su delirio estético y el complejo ‘más difícil todavía’ que plantea en su tramo final, una pauta que el realizador aplica en casi toda su filmografía, y que busca deslumbrar al espectador ‘autóctono’ con planificaciones cardíacas que aprovechan al máximo las posibilidades dramáticas de espacios singulares. Y hay más: sorprende por sus créditos iniciales y su primera media hora, sencillamente brillante. La presentación de los personajes del circo es de lejos su mejor secuencia, curiosamente, también la más calmada y menos aparatosa.

Pero de la misma manera que se repite su sentido del espectáculo y la trama lo amortiza, De la Iglesia tropieza con la misma piedra narrativa que tanto trabajo le cuesta superar. Su guión se tuerce sin remedio en el segundo acto, hilando (o más bien deshaciendo) atropelladamente secuencias una detrás otra, algunas como homenajes emborronados (‘Los Santos Inocentes’), autorreferencias (‘Muertos de Risa’) y como simples pasajes sin trabazón aparente, que quizás aportan como floritura independiente pero no como muro de carga de este castillo de fuegos artificiales. Sería ese el motivo de que los personajes principales, sintéticos y desnortados, caigan. Areces no consigue alejarse de sí mismo, De la Torre se muestra insulso y el personaje de Bang está desaparecido.

De la Iglesia parece tener muy claro el camino dramático que ha escogido, entre la pesadilla, el pasado más oscuro y el disparate cómico. Pero su éxito pende de un hilo realmente fino, y a pesar de que con cada nueva película se va puliendo, es inevitable pensar que su escritura de brocha gorda no es la más adecuada para redondear un producto, que no obstante, entretiene sin tener que renunciar por ello a un acento marcadamente personal.

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Megamind (Tom McGrath, 2010)

CRÍTICA DE CINE// EL BUENO, EL FEO Y EL MALO.

Megamind
La estereoscopía supone un nuevo impulso industrial para la animación, en lo que parece una agonía anunciada por prorrogar la asistencia a las salas de cine. Una etapa menos lustrosa, más enfocada que nunca a comprimir el procesado y ofrecer productos acabados, proyectados y vendidos en grandes almacenes en apenas meses. Entre tanto la producción se acelera, muchas películas sucumben ante la indiferencia, si no la confusión que producen sus argumentos, estilos y trasfondos.

Megamind va de superhéroes, de villanos buenos y aparentes benefactores, pero no es Gru, tampoco una continuación de Los Increíbles, aunque con ésta bien podrían haber compartido algunos universos. La última producción de Dreamworks nace de un concepto creativo que comienza a ser cansino: dinamitar los lugares comunes de un relato arquetípico de reglas más que asimiladas por el público. En este caso, una historia sobre el bien y el mal que deja al descubierto las costuras que la traban, para concentrar la atención en elementos antes incuestionables, quizás por aplastante sentido común. Por eso, a falta de coherencia, la experiencia se concreta en un delirio enmarañado, un auténtico disparate, que a pesar de un comienzo titubeante, acaba cogiendo forma y arrancando sonrisas.

Megamind tiene un buen problema de partida. Su argumento se desarrolla con toda su potencia a partir de una premisa que sin embargo, los guionistas no han sabido convertir en el inicio de la película. Para llegar a su arranque, hemos de asistir a unos 20 minutos previos en los que se corre mucho hacia donde pueda sacar petróleo, pero sin encontrar el tono, la gracia y con alguna torpeza narrativa importante. Son sus momentos más aburridos y si el espectador puede mantener el interés, pronto se verá recompensado en cuanto los roles de los personajes principales queden definidos y haya un objetivo en el horizonte. Entonces el film se encuentra, encantado, y evoluciona sobrepasando las pobres expectativas creadas. Se vuelve disfrutable y su exceso va acompasado de un buen ritmo, una realización especialmente ágil y destellos breves de profundidad psicológica en sus protagonistas que particularmente me resultaron muy conseguidos en las facetas esquizoides de Megamind, dicho esto con todas las reservas propias de un film animado. Además, sus apartados técnicos están resueltos con brillantez, y me refiero a una cuidada planificación estereoscópica y un diseño tridimensional de personajes muy creíble, especialmente las texturas y fluidez de movimientos corporales. En otros apartados como el score musical o su estética estridente, no mata, pero tampoco acaba de convencer.

Situada al lado de su hermana mayor, la exitosa Cómo Entrenar a tu Dragón, Megamind no soporta la comparación posible. La primera es un pastelito infantil relleno de cacao, y ésta una agresiva propuesta de apariencia irregular y argumento desnortado. No obstante, si se crece, es por el estímulo de algunas interesantes – y por momentos oscuras – cuestiones que plantea a adultos osados sin niños hiperactivos, sobre la justificación de los buenos actos, la ambigüedad del mal, y, dándole la vuelta a la película, sobre su papel necesario en la sociedad para dar sentido a cualquier intento por reaccionar y mantener una corrección ética con la que sentirnos cómodos, satisfechos y por supuesto, ocupados.

Publicada en tiooscar.com

Los Ojos de Julia

CINE// CIEGOS DE NECESIDAD.


Hace dos años, el éxito comercial de El Orfanato no pareció pillar muy desprevenidos a sus productores. La apuesta, resultante de una sugestiva y calculada combinación de factores empresariales y profesionales con talento, debía repetirse con su misma ecuación industrial. Los Ojos de Julia contagia las mismas sensaciones que en su día nos prometía el debut de J. A. Bayona: unos sólidos valores de producción, el aval de Guillermo del Toro, Belén Rueda encabezando el cartel, la participación de Universal, Telecinco Cinema, y el mimo de Rodar y Rodar, que con este proyecto lanza al ruedo a Guillem Morales, otro realizador canterano que, ojo, no debuta más que como pieza eficaz en el engranaje de esta maquinaria de diseño.

Morales realizó una ópera prima arriesgada, El Habitante Incierto, que pasó desapercibida por la cartelera, y cuya premisa sorprendente – el espacio que no percibimos pero donde ocurren cosas – se extiende de alguna manera en la trama de Los Ojos de Julia. Estas señas personales de naturaleza oscura y potencialmente obsesiva, que en su primera película constituían el eje de un relato sobrio y bien manejado incluso en sus indecisiones, se desvanecen en esta ocasión en el interior de una contenedor discursivo que no está hecho a la medida de un autor en pleno desarrollo creativo, sino de las exigencias más trendy del mercado. Cabría pensar si no es Los Ojos de Julia para sus coproductores un intento de extraer los aciertos de Morales en su primer trabajo, para trasladarlos a un contexto de mayor envergadura y aspiraciones comerciales, y qué duda cabe, de menor interés. Para subsanarlo, el film recurre a la sobrexcitación derivada de una trama barroca como pocas, muy de género, pero algo destartalada, que intenta contentar a muchos, homenajear a unos pocos, y acaba congestionada por sus excesos.

Los Ojos de Julia es un producto que busca precisamente la acumulación y el continuo subrayado de las ideas que presenta. Se vale de un lenguaje básico, conocido por los espectadores y en el que la planificación de cámara, incluso cuando quiere ser protagonista, resulta obvia. Nada que objetar; al menos el film es distraído. Su fuerza dramática se concentra en golpes de efecto que van aumentando en número e intensidad hacia el final, un suspense exacerbado y oportunas tormentas con aparato eléctrico. En el fondo, la película huele a vieja serie B en nuevo envase, pero sin renunciar al entrañable lastre de unos personajes acartonados, atraídos como imanes por situaciones sórdidas y escenarios inhóspitos, y una acción muy coreografiada que por momentos acaba siendo gratuita cuando no fallida por su casualidad: ahí quedan los pobres recursos del guionista para dejar sola a la protagonista y permitir el avance compulsivo de la historia.

Si algo destaca y mucho en el visionado de Los Ojos de Julia, es su apartado técnico, a todas luces irreprochable. Disfrutar del film en una buena sala de proyecciones digital depara algunas agradables sorpresas, como una calidad de imagen impagable e inédita en el cine español o la mezcla de sonido Dolby 7.1, que algunos millones habrá puesto sobre la mesa para mostrar su sistema con un mastering de audio tan extremo y repartido por sus canales (y que imagino no llegará a las salas comerciales).

Con este proyecto, Morales expone con mucha claridad su perfil en nuestro panorama cinematográfico, acercándose a ese grupo de directores eficientes y dotados para cimentar una industria española que estabilice el retorno en taquilla y en el que hay pocas aventuras y muchos encargos. Por el contrario, se aleja un paso de otra posibilidad, menos exitosa, más arriesgada, de fortalecer un discurso propio en crecimiento creativo constante. A quienes se les permite combinar ambos caminos en el cine español, apenas se pueden contar con los dedos de una mano.

 

Publicada el 27 de octubre en tiooscar.com

Buried

CRÍTICA// BAJO MÍNIMOS


El estreno de Buried, la segunda película de Rodrigo Cortés, ha despertado curiosidad y gran expectación en los medios de comunicación, sobre todo en internet. Se está hablando con grandilocuencia y sin escatimar en adjetivos sobre las proezas del film, su pericia técnica y su indiscutible éxito incluso antes de haberse estrenado en salas.

Vista la película, la verdad es que está muy bien; es entretenida, hay suspense y en conjunto hace pasar un buen mal rato. No hay mucho que objetar al respecto. Sin embargo, existe una tendencia cada vez más extrema a dar por buenas, si no acojonantes, aquellas películas pequeñas que han obtenido una rentabilidad económica altísima. En el caso de Buried se confirma el abismo entre el valor real de la obra y los soberbios calificativos que está obteniendo. Espectadores, informadores, crítica especializada y publicistas están sintonizados y contribuyen a engrandecer hasta lo indecible una película a la que no hay que restar méritos artísticos, pero que desde luego no es ninguna punta de lanza del cine de entretenimiento.

Mucho me temo que si esta película brilla es en parte por la falta de competencia y el desgaste del cine comercial en los últimos años, que apenas da buenos títulos que sean capaces de montar buenas historias en el esquema del blockbuster. El cine palomitero está bajo mínimos y la maquinaria de explotación comercial va ya tan rápido que requiere un ritmo de producción con el que resulta imposible mantener cierta calidad, aunque sea en este estrato del cine menos prestigiado socialmente. En ese sentido, a Buried se la exalta porque sí aprueba. Guión, puesta en escena, etc, son alabadas por su singularidad, cuando en realidad, sólo cumplen -con profesionalidad y garantías máximas- con lo que debería ser el punto de partida exigible a cualquier producción.

En el camino, se exageran hasta confundir algunos términos. Buried no está filmada por completo dentro de una caja. Su planificación es radical, pero no tanto. Por suerte para nosotros, el realizador a veces se abstrae físicamente del entorno y filma desde el exterior, a través de las grietas de la caja, falsea algunos momentos con la convención de superficies sólidas transparentes (como cuando Peter Conroy se pone bocabajo para teclear en su BlackBerry, con una disposición similar a una secuencia de Zemeckis en Lo Que La Verdad Esconde) y aunque el resto del mundo con el que interactúa no está presente en imagen, sí lo está en el sonido, y supone la principal fuente de sucesos de la trama, aunque como espectadores estemos educados en la preponderacia de lo visual frente a lo sonoro. Cortés nos pone firmes en ese sentido, pero es algo circunstacial. Podría haber llegado mucho más lejos, pero no ha sido así.

Tengo la sensación de que esta película, hace 20 o 25 años se podría haber filmado para televisión y no habría causado tanto revuelo. Primero porque estaría muy cerca en el tiempo de La Cabina. Y segundo, porque su entorno artístico y creativo la hubiera puesto rápidamente en su sitio. Pero no, estamos en 2010, y cuando se afirma, en lineas generales, que el singular y excepcional éxito de Buried radica en que mantiene la tensión y el suspense con ese artefacto llamado punto de giro, a uno se le cae el alma a los pies.

Publicada en lashorasperdidas.com

El Escritor (Roman Polanski, 2010)

CRÍTICA DE CINE// LA ERA DE LA DIVERSIÓN

Al hilo del estreno del remake de Furia de Titanes y los palos que se ha llevado desde la crítica, comentaban en una red social cuan injusto era que no se midiese la valía de una película en base a sus capacidades, y que a films como éste, que sólo aspiran al entretenimiento, no puede exigírseles más que el de hacer pasar un buen rato. A menos que por divertir entendamos distraer –embelesar, deslumbrar–­  cabría decir que el film de los mitos griegos ni siquiera cumple sus aparentes sencillos objetivos. Y es que divertir en el cine es una cuestión bastante complicada y a menudo infravalorada por los productores y sus planes de venta, centrados en un enfoque puramente espectacular, que sature nuestros sentidos sin llegar a perturbar la inteligencia.

El Escritor de Roman Polanski es el vivo ejemplo de que un film divertido y ameno ni pertenece a una segunda categoría crítica o cinematográfica, ni implica un guión simple para encefalogramas planos. Con un argumento de partida propio de una novela de espías de Tom Clancy, Polanski construye una deliciosa película que discurre ligera, pero contiene a su vez profundidad política y continuas lecturas en paralelo con acontecimientos recientes. La historia se centra en El Escritor, personaje anónimo y ‘negro’ del mundo editorial que es contratado para corregir y rehacer las memorias de un ex primer ministro de Gran Bretaña cuando el anterior escritor muere en extrañas circunstancias. Durante sus encuentros con el político, éste es acusado de colaborar con la CIA en la captura sospechosos de terrorismo en Pakistán para que sean torturados.

El realizador francés huye del discurso solemne asociado al género, y apela a un tono socarrón y a veces ingenuo que permite al espectador asistir al desarrollo de muchos pasajes con una abierta sonrisa que nunca llegar a ser frívola. El suspense, y a la postre la diversión, están asegurados por una trama salpicada de enredo, azar y giros perfectamente hilvanados, en la que se juega con el espectador por supuesto, y donde se hace patente la agradecida influencia y ovación al mejor Alfred Hitchcock. Los responsables de que por debajo de la línea argumental geopolítica encontremos buen material humano son una colección de personajes imposibles, perfilados hasta el extremo por cada línea escrita para ellos, en los que se encarna una irresistible ambigüedad moral que hace pensar pero no sentencia, y deja finalmente al film en una posición bastante ubicua respecto a cualquier posicionamiento ético.

Más allá de su escritura, la película cuenta con un elenco de actores estupendamente situados y preparados para la réplica; una fotografía especialmente cuidada y memorable en alguna secuencias prácticamente en penumbra; una dirección artística fascinante y un apartado musical del compositor Alexandre Desplat que queda a la altura de las míticas partituras de Bernard Herrmann y en ocasiones se convierte en protagonista absoluto del film.

Todos los elementos reunidos en El Escritor bajo la batuta de Polanski acaban siendo determinantes y apoyan el acabado final de un film que a pesar de su regusto clásico no es sólo un encendido homenaje. Es también un probado esfuerzo por apelar al espectador con un desarrollo argumental que se sirve de todas las herramientas al alcance de la producción, convirtiendo lo ordinario en singular y aprovechando cada minuto de metraje, para demostrar que la historia (y la Historia) se puede contar de muchas maneras, y casi siempre provocando reacciones de lo más encontradas.

A eso yo lo llamo diversión.


Publicada en www.tiooscar.com el sábado 3 de abril.

The Lovely Bones (Peter Jackson, 2009)

CRÍTICA DE CINE//DE HISTORIAS GRANDES Y PEQUEÑAS

Peter Jackson vuelve tras un largo paréntesis con la que se esperaba fuera la película del año y la más personal del director. No es para menos. Tanto El Señor de los Anillos como su lujosa revisión de King Kong partían de un material original, no ya conocido, sino estudiado y perfectamente circunscritos en sus planteamientos narrativos a la idea por décadas ya instalada en la mente de lectores y espectadores. Ni la trilogía de la Tierra Media ni la aventura del gorila gigante incluían en su tratamiento grandes hallazgos temáticos ni discursivos, de la misma forma que tanto la particular forma de realizar de Jackson como la solvencia técnica y mastodóntica estructura de producción, aunque meritorias, resultaban ser vehículos de lucimiento dentro de un corsé argumental rígido, y no por eso menos interesante.

The Lovely Bones partía de una novela previa, pero todo parecía indicar que Jackson al escogerla pretendía desvincularse del cine espectáculo por una vez para centrarse en una historia más intimista y de cariz humano, en la que desarrollar más profundamente su faceta de director de personajes y a la que imprimir una huella más reconocible desde la voz de los personajes, y no necesariamente desde la versatilidad del uso de la steadycam.

Jackson baja por un momento de las alturas de sus encuadres y entrar de lleno en la vida cotidiana de una familia aparentemente normal, presentada en primera persona por una de las hijas que pronto sabemos morirá asesinada y que desde un lugar pre-celestial sin ubicación, un purgatorio pixelar en toda regla, presencia el drama de sus seres queridos posterior a su muerte y su intento difuso por descubrir al culpable.

A simple vista se puede reconocer que algo ha fallado, y The Lovely Bones es tan irregular en algunos tramos como visualmente desmesurada en otros, aunque su principal problema es el de la obviedad. Tanto la presentación de los personajes y la historia, como el uso de los recursos visuales, musicales y los efectos de sonidos (sólo las cortinas de un señor MALVADO pueden hacer semejante ruido al correrse) ponen constantemente de relieve el drama que se avecina sin un ápice de sutileza, hasta el punto de que la primera media hora resulta exasperante en la manera en que el realizador retrasa el verdadero inicio (en ese momento del filme, todavía prometedor) de la historia tras el asesinato. A la trama simple y mal gestionada en personajes que entran y salen de la historia con total impunidad, se le suma un discurso de trascendencia espiritual –que no religiosa, una omisión incomprensible con todas las vueltas que le da el asunto– forzado y hueco, y una falta de definición formal desconcertante. Por minutos cambiamos de película de tosco romance adolescente a thriller psicológico, intriga policial o drama doméstico con abuela enrollada pero alcohólica y banda sonora rockera.

El film trata de sostenerse como un sofisticado ejercicio de estilo relamido, una planificación aparatosa que deviene en un desarrollo lento y aburrido muchas secuencias, y un despliegue digital saturado y hortera (¡hace saltar los cromas!) que resulta más propio de un videoclip chillout de Enya que de una propuesta que empatice emocionalmente con el espectador más sereno y aparentemente maduro al que Jackson parece querer dirigirse.

Como en otras propuestas similares –aquél film de Robin Williams, Más Allá de los Sueños con el que comparte muchas cosas– el film maneja un material complicado que al ser puesto en boca de personajes de carne y hueso se hace demasiado poético y abstracto. Más en este caso, cuando es una niña de 14 años la que se expresa como un libro abierto, lleno de frases rimbombantes y está incrustada literalmente en un universo estético demasiado grande y confuso como para que pueda extraerse  de todo ello algún mensaje cercano que llegue al espectador. El resultado es por eso un film frío y distante, de estética irritante, mal acompasada con una trama de poco recorrido y lugares comunes; con un decepcionante abismo entre el resultado y las expectativas puestas en el realizador, y lo que es peor, con la sospecha de que el gigantismo estilístico que en grandes obras anteriores era virtud, en esta historia pequeña se convierte en limitación, pesada como una losa.

La Carretera (John Hillcoat, 2009)

CRÍTICA DE CINE//¿HAY ALGUIEN AHÍ?

El cine norteamericano persevera año tras año en su empeño por conquistar al público con historias de proporciones bíblicas y consecuencias extremas que atañan a toda la humanidad. Bien sea para su salvación o como consecuencia de su anunciado final apocalíptico, la baza de la destrucción total es suculenta y morbosa, como ya lo eran las profecías de Nostradamus, ahora actualizadas en inquietantes hipótesis reveladas a la audiencia mediante alardes técnicos de CGI.

La mayoría de esos intentos han cumplido con creces sus objetivos económicos, para lo que han tenido que sacrificar en gran medida su gravedad y rigurosidad narrativa, cubriendo sus argumentos de pátinas de buenrollismo apto para todos los públicos –que los hay y bien diferentes sin tener que ser específicamente infantil – y rebajando la carga dramática a favor del simple divertimento incapaz de amargar la existencia a cualquier espectador de fin de semana. Un buen ejemplo de este cine rebajado con agua es la película Soy Leyenda, con el que recién estrenada La Carretera, algunas similitudes en su planteamiento. El film de Will Smith cometía el error de creer que la ambientación postapocalíptica era el resultado de un buen uso de los efectos digitales en unos cuantos cuadros hiperrealistas, y obviaba que incluso la elección del actor y el tono de su interpretación así como el devenir de su argumento echaban por tierra la supuesta atmósfera opresiva y acongojante que debía dominar su desarrollo, cediendo una vez más a los manidos mecanismos del cine de acción al límite que desnaturalizaban la dureza del argumento inicial.

La Carretera comienza en el que podríamos denominar año cero posterior a un colapso mundial de insospechadas consecuencias y desconocida naturaleza, en la que los pocos supervivientes se enfrentan a un duro y por momentos breve futuro sin recursos y bajo la oscura sombra de la desconfianza, la traición y el canibalismo como únicos medios de subsistencia. No es precisamente un planteamiento en el que quepan frases hechas, respuestas ingeniosas ni pequeños alivios cómicos que permitan recobrar el aliento entre actos. A diferencia del director de Soy Leyenda, John Hillcoat no se anda con milongas ni medias tintas, y no duda en pone toda la carne en el asador para reconstruir con precisión milimétrica y sordidez extrema un panorama realista sin concesiones amables ni planos esquivos. El film logra transmitir a la audiencia una aterradora y angustiosa desolación existencial engarzando muy bien todos los elementos que lo componen formalmente. Una puesta en escena fría y calculada, interpretaciones austeras y apenas complacientes, caracterizaciones detallistas y una valiente fotografía monocromática del español Javier Aguirresarobe que consigue plasmar con mucha fuerza el ambiente contaminado, nuclear y deprimido de un planeta muerto.

Y aunque allí donde otras no llegan ésta podría citarse como ejemplo sobresaliente, en lo que respecta a la trama y el desarrollo narrativo de la historia, La Carretera se queda francamente corta. Hacia la mitad del metraje persiste una incómoda sensación de que el verdadero motor argumental del film nunca termina de arrancar ni hacerse visible, ahogado por la preocupación del director de mantenerse fiel al tono solemne de su tratamiento, reconduciendo a los dos protagonistas principales reiteradamente al origen de su drama mediante el abuso de flashbacks que poco valen el reclamo de una actriz como Charlize Theron y que anulan las posibilidades de progresión dramática de los personajes. Ambos comienzan su aventura con un nivel tal de ansiedad y tristeza, que parece que no haya forma de sobreponerse ni tan siquiera de empeorar, y las pocas ocasiones en que los vemos activarse e interactuar con el entorno, no son más que pasos en falso sin solución de continuidad que ya en el último tramo de la película, con un conformista e insípido final, puede producir el desinterés del espectador más exigente.

Cada vez sorprende menos que en una industria como la americana cueste tanto encontrar el equilibrio necesario entre los distintos aspectos de un film para que se convierta en una obra perdurable y recordada. La Carretera está un paso por delante del cine puramente comercial que nos llega de Hollywood, pero sus pretensiones y su magnífica atmósfera aunque reseñables, no están debidamente compensadas y quedan huérfanas dentro de una historia débil y muy diluida, que no mata, pero tampoco llena.

Crítica publicada en www.tiooscar.com