Petit Indi (Marc Recha, 2009)

CRÍTICA DE CINE//LOS NO-LUGARES.

petit indi posterFue en algún momento de mi vida académica, cuando aún transitaba por los pasillos de la Escuela de Arquitectos (las vueltas que luego da la vida…) cuando supe de los no-lugares −justamente chivado hoy por Marc Augé−, espacios anónimos casi al límites de las grandes ciudades, donde dos mundos, el orgánico y apacible entorno rural y las miserias de la gran urbe, se encuentran en situación forzada e imperfecta como piezas de puzzles distintos que uno intenta hacer encajar. Autopistas, aeropuertos, industrias, vías férreas y todo tipo de incómodas construcciones y huecos sin aparente humanidad ni fotografía que las necesite conviven en extrañas circunstancias con los supervivientes del viejo ecosistema campesino, de costumbres y tiempos sólidos y de ejemplar austeridad material.

Petit Indi podría denominarse, y en ningún caso de forma peyorativa, como un no-film, ya que de algún modo sus divagaciones narrativas y estructura apenas marcada le encajan muy bien con el curso de la historia, la de Arnau, un adolescente singular y en comunión con la naturaleza, crecido en uno de esos espacios no definidos de la periferia de Barcelona, que asiste melancólico a la agonía y defunción de su microsistema de valores y pequeños rincones íntimos que están siendo devastados por el crecimiento de la metrópolis.

La película transita por el difícil camino de la sobriedad y contención, degustando pequeños gestos y detalles, deteniéndose en contemplaciones y momentos costumbristas en extinción, de fea y sucia fotografía, donde no hay más cera que la que arde. En la propuesta de Marc Recha hay mucho más de documental y realidad que de conflicto dramático al uso. Y se agradece de vez en cuando esta moral creativa. El realizador se explaya en tiempos muertos, idas y venidas, obviando la presencia de una trama de fuertes líneas, y recorriendo la vida del chico a través de los distintos escenarios en los que se desarrolla su aventura, documentados hasta el punto de que espacios como el Canódromo de Meridiana o el barrio de Vallbona configuran hitos históricos en verdadera decadencia identificables por el espectador local.

petit indi

Sus buenas intenciones no ocultan carencias que aparecen revestidas de estilo, como el desigual conjunto de actores, de gestos hieráticos y diálogos anímicos o la envejecida propuesta gráfica de los créditos de inicio, no sé si motivada por un intento de dotar al film de un aire retro, pero que no acaba de encajar en el conjunto. La banda sonora también es desigual, y si bien en algunos momentos resulta estimulante, en otros pasajes consigue desconectar al público de la proyección, algo que no debería pasar por muy exigente que uno sea con su producto.

La historia de Arnau no es más que un «sálvese quien pueda», un aprendizaje veloz de habilidades de subsistencia en un entorno que se le vuelve en contra. Con su madre en la cárcel y las malas compañías de unos familiares sin rumbo o directamente enajenados por el juego, el chico ha de entender forzosamente que el más fuerte se come al débil, que gana el galgo que más rápido corre o el jilgero que mejor canta, y de la misma forma que la naturaleza mantiene sus propias leyes de supervivencia, el megalómano desarrollo urbano, a pesar de esconder un corazón humano y mediocre, extermina sin contemplaciones su entorno inmediato, paradójicamente buscando una forma de mantenerse con vida.

Lo que ignoramos, como el zorro de la película, es que a pesar de todo, estamos condenados al fracaso.

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