Celda 211 (Daniel Monzón, 2009)

CRÍTICA DE CINE//LA IMPORTANCIA DE AQUELLA COSA DEL GUIÓN.

celda211Daniel Monzón pertenece a esa categoría de directores eficaces que aúnan en sus películas cualidades notables que las convierten en productos dignos y potencialmente rentables, definitivamente “comerciales”, pero que no suelen sobresalir mucho en ningún apartado artístico específico. Por desgracia, otros directores como él terminan dirigiendo obras desinfladas, lastradas por guiones descuidados y mediocres. Desde el comienzo de su corta filmografía Monzón ha desarrollado un agradecido sentido del espectáculo, intentando realizar sus historias de una cierta forma “hollywoodiense”, dando un paso más, más lejos que el resto de los de su quinta, jugando con un ajustado presupuesto. Su cine exhibe sin complejos una vocación de divertimento “a lo grande” alejado por completo del desánimo que inunda la cartelera de fórmulas casi televisivas.

Celda 211 viene precedida de un empaque rotundo y presentación en trailers y el Festival de Cannes que provocan esa sensación de impaciencia que ya olvidamos muchas veces al entrar en una sala. No es para menos, los ingredientes y el planteamiento de inicio sobre el motín de unos presos en una cárcel española entre los que se cuela por accidente un infiltrado, parecen dar mucha cuerda para dos horas. Es un film que juega muy bien sus cartas, realizado sin alardes ni florituras, pero que exprime todos sus elementos, que presenta una trama escalonada de dificultades exponenciales, cumpliendo a rajatabla una de las máximas del afamado Robert MacKee: Supera las expectativas y llega más lejos de lo que el espectador jamás hubiera alcanzado a imaginar que llegarías. Es precisamente su intensa carrera de fondo en lo argumental lo que permite a la película enmendar defectos, que los tiene, y que por otro lado, sus virtudes, que también posee y muchas, acaparen nuestra atención y rápidamente se ganen nuestro beneplácito, convirtiendo el visionado en una experiencia cinematográfica de pura diversión, con generosas dosis de tensión, mentiras, sospechas, gloriosos giros argumentales, tracas finales, y gotas de finísimo humor.

Entre los motivos que hacen a este film ganador por encima del genial argumento están las sólidas interpretaciones de parte del conjunto de actores: Luis Tósar, completamente desconocido y profundo en el papel de Malamadre; Antonio Resines, como el contundente y oscuro responsable de la presión amotinada, Alberto Ammann, el novel protagonista (al que siento haber confundido con Félix Gómez), cuya inseguridad interpretativa beneficia claramente al desarrollo de su personaje y algunos ilustres secundarios del lado de los presos. Todos están muy bien situados y los principales protagonizan una evolución tan grande, que acabas identificado con todas sus causas. TODAS. Sin embargo, el cásting sí se resiente por la parte de los funcionarios de prisiones que siguen el conflicto del lado libre de las rejas, donde vemos caras harto conocidas como Manuel Morón o Manolo Solo y otros rostros bonachones, que no acaban de cuajar ni convencer en sus funciones.

Y sí, aunque la trama en conjunto se lleva la palma, lo cierto es que el guión desgranado contiene algún agujero gordo fruto de inútiles complicaciones de diálogo, y su puesta en escena, a mi juicio dos errores importantes, responsabilidad absoluta del realizador. El primero de ellos es no presentar a los personajes, cabezas visibles de los presos, dentro de la cárcel antes de que comience el motín, lo que convierte la secuencia del “¡al abordaje!” en una sucesión vacía de planos de extras y figurantes, algunos descontextualizados, que vagan por el set sin tomarse la cosa demasiado en serio. Centrar la atención en los que luego van a liderar el film quizás lo hubiera evitado. El segundo patinazo del film, consagrado a la permanente sospecha y puesta en duda de la palabra de sus personajes, es dejar inconclusa una vital línea del tramo final, que se resuelve en el esforzado texto de un personaje secundario, y a la que, de primeras, es imposible dar credibilidad, si no es porque la película se acaba, y has de tragar con ello.

El film, a pesar de su aparente superficialidad lanza una interesante y clara dosis de crítica social entorno a los presos, el estado de las cárceles españolas y alguna otra cuestión que prefiero no desvelar (uno de sus múltiples golpes de efecto), pero que cuando aparece en escena, como cada nueva complicación de la trama, consigue multiplicar por dos el interés por el cómo y el cuándo se resolverá el conflicto. Un buen ejemplo de que es posible un cine de ficción anclado en la realidad, que no renuncia por ello al espectáculo de la talla de una pantalla grande, trabajado y cuya mayor virtud es habernos hecho creer que no era gran cosa, cuando lo que estábamos viendo era sencillamente una buena película, muy bien hecha.

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