Enemigos Públicos.

CRÍTICA DE CINE//CLÁSICOS DIGITALES.

Enemigos_publicos_-_600La sola asistencia a la proyección de este filme provoca, de entrada, cierta confusión, muy ilustrativa, qué duda cabe, de los cambios que vive el cine en los últimos años: Siendo una película nativa digital, filmada íntegramente en vídeo, y existiendo ya salas con proyectores adecuados, al menos en Barcelona, para ver el film en su versión original hay que hacerlo en una copia en celuloide que además (mal, señores del Renoir Les Corts, mal vamos, y no es la primera…) tenía los rollos mal empalmados produciendo algunos saltos que venían a decir, a voz en grito: Estas viendo la última pelí de Michael Mann sin una de las razones de su producción. Definitivamente, corren tiempos extraños.

El propio director lo viene diciendo con sus últimas películas, concediendo gran importancia a la textura visual, buscando nuevas sensaciones que enriquezcan la narración. Para Mann, la gallina de los huevos de oro es el cine digital, la fórmula que corrompe la visión de la pantalla grande del cine, acortando distancias entre el espectador y la historia, dando cierto carácter de realidad a la ficción. El video provoca eso, sensación de inmediatez y la aparición consciente del operador en la escena (Aunque en vías de extinción, la credibilidad en el cine aun lleva grano), que curiosamente, a mi y supongo que a muchos de mi generación produce cierto desencantamiento y desmitificación de la imagen, y que sin embargo, en este director es una apuesta decidida por la reinvención del lenguaje, que no de las propias narraciones, eliminando algunos corsés y acercando al espectador a una posición que nunca antes había ocupado en el cine clásico, de toda la vida.

Porque Enemigos Públicos, es sobre el papel, una gran historia, pero más clásica y vista que el tebeo, llena de poses, frases y clichés que ya forma parte de la historia del cine con títulos que no hace falta ni mentar. En eso Mann no pretende ganar ninguna batalla, su película homenajea, reconstruye y saborea el cine de gangsters y trapicheos que todos conocemos, ahora aplicadas a la historia del famoso ladrón de bancos John Dillinger en el Chicago, años 30; con su protagonista implacable pero humano, la chica guapa seducida por el poder, y el enfrentamiento face to face entre los necios y torpes representantes del orden y la eficaz organización mafiosa que se sabe y se siente por encima de toda ética y moral. En algunas cuestiones, las que siempre se le han reconocido, el director se mueve como pez en el agua: sobriedad, ambientación, acción y mano firme en la planificación. En otras más comunes, el film se resiente bastante, como su punto final (que más que un punto es una coma), o sin ir más lejos, el casting, con la desacertada elección de Johnny Depp, cada día más juvenil, para un papel de demasiada enjundia psicológica o el soso Christian Bale, que apenas salva un personaje claramente insustancial, al que le faltan más líneas y profundidad.

Dicho esto, y sin muchos más argumentos que lo justifiquen, la gran apuesta del film es la revisitación de estos escenarios cinematográficos clásicos, ahora filmados en un moderno código digital que busca una nueva realidad fuera del maravilloso cartón-piedra del cine industrial y que hasta ahora, no parecía propio de historias de época. La producción digital permite obviar la iluminación fotográfica estándar, filmar en espacios pequeños con luz natural y fuertes contrastes, un montaje más dinámico, grandes angulares y movimientos de cámara aparentemente descuidados. Todas estas cuestiones cumplen a veces muy bien, otras, de forma discutible, sin el grado de cohesión de filmes anteriores, pero se salvan finalmente, porque detrás está quien está, porque la historia sin ser nueva, es potente, y porque mientras alguien aclare hacia dónde va todo esto del cine, aquellos que se preguntan y se lanzan a poner en duda los supuestos del lenguaje y la industria, merecen considerarse autores, buenos autores. Michael Mann en su camino, además, no olvida que nada de esto es posible sin la memoria y el peso de los clásicos en celuloide. El propio Dillinger lo sabía. Quizás por eso, al final no me dio tanta rabia escuchar el susurro del proyector en la cabina.

Entrada escrita el 14 de agosto, y programada automáticamente para publicarse el día 16.

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