La vida interior de un cineasta.

ARTÍCULO//PELÍCULAS, DISCURSOS E HISTORIA.

En la revista Cahiers du Cinema de este mes se hace una extensa panorámica, como acostumbra la publicación, sobre el heterogéneo cine independiente americano, de sus coqueteos con la industria y la personificación en varios autores de ese extraño equilibrio entre mundo interior y los lugares comunes que configuran el cine estándar. Michael Mann, o Gus Van Sant son ejemplos paradigmáticos, donde a pesar de girar entorno a ellos aparatosos sistemas de producción, consiguen, gracias al esfuerzo y un profundo ejercicio de introspección, llenar la pantalla de inquietudes personales. Enemigo Públicos o la demorada Paranoid Park son películas que no debería perderme, más aun tras esta semana de reveladoras experiencias cotidianas.

Y todo viene por que en estos últimos siete días he visto tres películas muy distintas entre sí, dirigidas por cienastas a los que en un principio, considero autores.

Tres Díes Amb La Familia, es la primera película de Mar Coll. Ella es una chica de mi edad y la envidio, básicamente porque como autora, en su breve recorrido vital que aún no ha dejado la juventud, acumula experiencias y madurez suficiente como para hacer de su mundo interior un lienzo audovisual impecable, en el que comparece como observadora dando toda una lección de comportamientos y costumbres universales e identificables. Es como si cuando uno aún está de ida, ella viniera en el mismo tiempo de vuelta, con el secreto inextricable de la cotidianeidad, explicando cuestiones que todos llevamos dentro, pero no somos capaces de poner en pie.

V.O.S., de Cesc Gay es un trabajo que se desinfla fácilmente. Al realizador lo he tenido como un autor de cierto prestigio, con un cine que siendo personal no termina de arrancar, no alcanza a señalarme con el dedo, como diciendo, sí, sí, te lo digo a tí. Con su film me ha pasado, que como debe suceder hacia el ecuador de una proyección, cuando uno se pregunta ¿qué me está queriendo contar realmente el director con esta historia? pues en este caso, no he obtenido respuesta convicente. Particulamente en ésta su última película, la falta de reglas y la supremacía de un discurso original, aunque gratuito e inútil, no esconden en realidad un texto reflexivo ni una experiencia que se nos comunique a través de la historia. En esta ocasión, su historia sin el discurso adherido, queda en nada, superflua y banal.

Harry Potter y el Misterio del Príncipe, de David Yates parece el resultado de la reducción al absurdo de las convenciones del cine introspectivo (que las tiene), desequilibrado, pueril y lo que es peor, aburrido. Qué una major intente obtener en su principal producto de la década un plus de madurez a base de incrementar el tiempo de dialogo en pantalla y suprimiendo pasajes musicales (cuantos silencios, madre mía…) no es nada comparado con la elección del realizador, donde como en otros caso puede verse como el rastro de la personalidad autoral acabó desvaneciéndose por completo, y que su elección para hacer el capítulo emocionalmente profundo de la saga no es más errada que la argumentación de que el original es así, porque entonces, no habremos entendido nada, de nuevo de la diferencia entre el discurso y la historia.

Así las cosas, estos días me preguntaba cómo hacen los buenos cineastas para ser capaces de plasmar sus ideas en el cine, y concluí que sobre todo, les movía el deseo irrefrenable de convertir sus experiencias vitales en material cinematográfico, donde el discurso es el cincel con el que modelar un bloque opaco y marmóreo, la trama, a la que uno puede alcanzar o no a encontrar su forma y silueta perfecta.

Está claro que de poder ser algún día algo parecido a un autor, la clave está siempre en experiencia, en la vida interior, que no puedo olvidar ni dejar de cultivar. A veces pienso que paso demasiadas horas pegado al ordenador, que la formación y la información que canaliza internet son estupendas, pero, que todo ese gran montón de inputs, deben rumiarse, reflexionarse y ponerse en confrontación con la propia vida, la realidad, los recuerdos, los fracasos y los imprevistos.

Esta tarde apagué el ordenador y salí a caminar un rato. Fue como regar una planta que estaba a punto de secarse, agónica, en una esquina de mi habitación.

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