De la reencarnación de un hombre

4, Mayo, 2008

CRÍTICA// BIRTH (Jonathan Glazer, 2004)

En su día pasé por alto esta película, de la que sólo recuerdo un site web magnético y aunque entregado a la causa del marketing, dejaba entrever valores poco corrientes en el cine de las majors. El film descoloca, no hay duda. Así le pasó a los ejecutivos de la New Line Cinema cuando vieron la creación y decidieron postponer un tiempo su lanzamiento. Por suerte para todos, el director Jonathan Glazer estrenó su historia, que podría haberse derrumbado en los cinco primeros minutos, pero que gracias a fuertes pilares actorales y sobre todo, a un planteamiento escénico y sonoro fascinante, consigue lo que se propone, perturbar y hacer creíble su micromundo.

Birth es una pelícuña extraña, que convierte cualquier atisbo de morbo sexual en maravillosa sucesión de momentos casi mágicos, que busca y resuelve con ambiguedad todo su texto, y que hace de su planificación de camara y fotografía, gran piedra angular en el que sostener su débil propuesta narrativa. No es un film perfecto, y eso es, como en otros casos excepcionales, lo que la convierte en rareza que merece la pena ser revisada.

Como prueba de su encanto y radicalidad escénica, os dejo con un intensísimo plano de dos minutos con Nicole Kidman al llegar al teatro, en el que por primera vez se plantea seriamente lo que la película viene a contarnos: que un niño de 10 años se proclama como el marido reencarnado de una viuda, a punto de contraer un segundo matrimonio.


Directos a la más tierna infancia

13, Abril, 2008

CRÍTICA DE CINE//REBOBINE POR FAVOR

Antes de aterrizar en el cine narrativo convencional, Michel Gondry había desarrollado una fructífera carrera salpicada de videoclips, publicidad y cortometrajes, como un nuevo artesano audiovisual empeñado en revivir la ilusión de la imagen fantástica y perturbadora a partir de una eficaz combinación de trucajes clásicos cinematográficos heredados del propio Méliès, y avances tecnológicos como el video y la imagen digital.

Gondry, gran imaginero, basa su especial sentido del espectáculo en una profunda conexión con el subconsciente del espectador, del que espera se implique con las ideas que propone, y al que apela constantemente, mostrándole en imágenes nítidas lo que para cualquiera son confusas luces y sombras, que todos identificamos como vividas en sueños, traicioneros traumas infantiles o estados mentales cercanos a la paranoia.

Su cine propone imágenes nuevas y fuera de reglas comunes, pero más que para circunscribirse a la ciencia-ficción, trata de poner en valor pensamientos e ideas abstractas aunque absolutamente mundanas y reales, con las que un público con imaginación –selecto– puede rápidamente dialogar con éxito. Por eso, si bien sus narraciones contienen unos planteamientos inicialmente disparatados, el interés del realizador no está en construir aquello que a priori resulta increíble, sino en integrar su realidad atípica en un contexto de carácter doméstico y cercano al amateurismo, para lo que las manualidades plásticas, el video y sus texturas se han convertido en perfectos aliados.

Rebobine Por Favor prescinde del marco abstracto y por eso, resulta algo pueril y enfocada a distraer con ingenuidad manifiesta, pero sin dejar de sorprender con la aparición de imágenes que transgreden lo conocido. El film pasa rápidamente por una serie de elementos fantasiosos en su guión que ni al propio autor interesan, hasta desembocar en la situación ideal y apetitosa que cualquier niño con un creciente amor por el cine desearía: la necesidad de grabar de forma amateur nuevas versiones de grandes clásicos de videoclub para salvar un negocio a punto de ser engullido por los terrores de la especulación urbanística.

El disparate da la oportunidad al artista Gondry de poner en juego toda una suerte de efectos caseros e ingeniosos trucos visuales de inspiración que si bien maravillan al espectador y permiten cierto juego de adivinanzas e identificación de la representación casera con sus originales reales, no llegan a ser suficientes para mantener el relato en los límites de lo razonablemente interesante. Su discurso revisionista del universo cultural infantil y juvenil de los ochenta y noventa abanderado por la VHS, busca la complicidad del espectador que ahora ya es adulto, pero como reclamo para el discurrir de la historia se agota rápidamente y enseguida se descubre la falta de ideas que sostengan el argumento. Influye además una planificación demasiado convencional de situaciones y personajes (salvo un proverbial plano secuencia, lo mejor del filme) y un guión algo desaprovechado que en su segunda mitad tira de lo evidente, carece de ritmo y busca un sentimentalismo gratuito.

Y a pesar de que el artesano Gondry aquí se come a su yo cineasta, bienvenidas son sus reflexiones en torno al cine como materia prima de sueños infantiles así como el alegato a favor de la creatividad frente a los grandes presupuestos y la independencia del artista frente a las imposturas legales de las majors y sus insustanciales estrategias de marketing para vender un cine que no enriquece como debiera.