“En el cine de hoy se vive una crisis, una enfermedad severa, un sentimiento de agotamiento artístico, ausencia de puntos de vista. La evolución del lenguaje de imágenes en movimiento, tan vital en el bienestar y significación de los medios de comunicación, se ha detenido. Cada vez hay menos buenas películas y son cada vez menos los espectadores informados e interesados en ese cine, tan importantes para su reconocimiento. La generación más avanzada no concurre más a las salas porque muchas de las películas están destinadas a los jóvenes, y en estos tiempos las jóvenes generaciones tiene una limitada idea sobre la capacidad de profundidad, emoción y complejidad del cine. Los críticos, que deberían ser la guía y los educadores de tal audiencia, son, en gran medida, incompetentes. Las estructuras de distribución están caducas…”
Así comienza el Manifiesto de Belgrado, y quizás deberías leerlo en su totalidad. Contra la crisis creativa e industrial, se puede actuar. El cine digital nos cambiará la vida. Ahora que podemos, hagamos buen cine.
Llevo varias semanas inmerso en la música de este particular violinista, silbador y cantante estadounidense, Andrew Bird.
Un amigo sostiene que a la buena música le cuesta mucho hacerse un hueco en nosotros, y aquello que al principio nos parece tosco, áspero o dificil de encajar puede convertirse en un gran descubrimiento personal. Si tras varias escuchas comienzas a descubrir algo nuevo, diferentes sonidos y sensaciones, probablemente esa canción, antes fría y vulgar, ahora te ha cautivado y se quedará contigo una buena temporada. Entiendo así porqué es tan fácil canturrear a la primera un disco de La Oreja de Van Gogh.
Os dejo con una versión en directo de la canción que he tenido delante de mis narices muchos días, y distraido yo por suerte, hasta ahora no me ha enamorado. Andrew Bird, A Nervous Tic Motion Of The Head To The Left.
En su día pasé por alto esta película, de la que sólo recuerdo un site web magnético y aunque entregado a la causa del marketing, dejaba entrever valores poco corrientes en el cine de las majors. El film descoloca, no hay duda. Así le pasó a los ejecutivos de la New Line Cinema cuando vieron la creación y decidieron postponer un tiempo su lanzamiento. Por suerte para todos, el director Jonathan Glazer estrenó su historia, que podría haberse derrumbado en los cinco primeros minutos, pero que gracias a fuertes pilares actorales y sobre todo, a un planteamiento escénico y sonoro fascinante, consigue lo que se propone, perturbar y hacer creíble su micromundo.
Birth es una pelícuña extraña, que convierte cualquier atisbo de morbo sexual en maravillosa sucesión de momentos casi mágicos, que busca y resuelve con ambiguedad todo su texto, y que hace de su planificación de camara y fotografía, gran piedra angular en el que sostener su débil propuesta narrativa. No es un film perfecto, y eso es, como en otros casos excepcionales, lo que la convierte en rareza que merece la pena ser revisada.
Como prueba de su encanto y radicalidad escénica, os dejo con un intensísimo plano de dos minutos con Nicole Kidman al llegar al teatro, en el que por primera vez se plantea seriamente lo que la película viene a contarnos: que un niño de 10 años se proclama como el marido reencarnado de una viuda, a punto de contraer un segundo matrimonio.