CRÍTICA DE CINE// ACTIVIDAD CEREBRAL.
El cine de terror es con diferencia el género peor tratado del cine moderno. Desde los noventa, la industria se ha responsabilizado ella solita de hacer saltar por los aires las cuatro o cinco ideas básicas que sostienen la psicología del miedo, para establecer un nuevo concepto cinematográfico basado en el impacto de lo explícito, lo evidente, las autorreferencias, el humor sin dosis y los señuelos traicioneros. Una estructura narrativa volcada en justificarse a sí misma y hacer lo posible por mostrar piruetas circenses con aquel lema del más difícil todavía.
El Proyecto de la Bruja de Blair puso de manifiesto una interesante zanja comercial: la del cine accidental, la imagen prohibida y los hechos censurados, que uno ve pero que no debería, pues su historia se desarrolla más allá de los límites de la pantalla. Son películas que en su propia concepción llevan escritas desde el primer minuto que el sólo motivo de que existan es porque algo ha ido mal. Vamos, que de ser una trama bonita con final feliz, no estarías en la butaca. En este tipo de historias, filmación y ficción están intensamente unidas y quizás esta forma de escapar de los límites de la narrativa cinematográfica convencional le haga parecer más libre, lejos de convenciones y con una dosis de imprevisibilidad mayor (que no es difícil) que el resto de sus hermanas.
Paranormal Activity ha sido un bombazo comercial de eficacia ya demostrada anteriormente. Sigue la estela de otros films rodados en video digital doméstico, aunque en éste el grado de espontaneidad se me antoja bastante mayor. Realmente ha habido un esfuerzo (o según se mire una adecuada falta de interés) por realizar una planificación descuidada y aburrida, con planos absurdos, reiteraciones, trama ausente, falta de luces (no sólo eléctricas) y un decorado de un estilo que queriendo, no sale. A su lado, la pretendida idiosincrasia realista y providencial de Monstruoso parece una telenovela de los 80. Es quizás esta radicalización del concepto que al propio Spielberg asustó y le hizo pensar en un remake antes de recular, lo que ha ayudado a desarrollar su éxito, qué duda cabe, también auspiciado por los hijos de YouTube, a los que el pixel ya no hace daño en la retina.
Micah y Katie (interpretados por los actores Micah y Katie, para ir sintiendo un poco de yuyu) son una pareja convencional de Estados Unidos, que han asumido resignados que cosas extrañas pasan en su hogar. Ante la negativa (acojonante discurso) de un médium para atajar el problema, Micah quiere obtener pruebas de los sucesos paranormales y decide filmar la vida de su pareja en el hogar, pues según parece ella es el origen del mal que se cierne sobre ellos. El primer acierto del film es hacernos comulgar con ruedas de molino dirigiendo la atención hacia el chico que filma y conseguir que nos identifiquemos con su reacción. Él representa lo que nosotros quisiéramos ser una vez hubiéramos asumido que sí, que los expedientes X ocurren. Su actitud de observación meticulosa, casi infantil, de desafío e intencionadamente inconsciente, es llamativa. Ya que sé que existes, manifiéstate porque no te tengo miedo. Y eso, nos provoca curiosidad, pero también la sensación de que el camino no es el correcto. No Señor.
No hay mucha complejidad en el planteamiento de Paranormal Activity. Tampoco es necesario. El film no necesita una trama complicada ni que tu cerebro dedique unas neuronas a extraer el subtexto o captar el matiz irónico de una interpretación. El mecanismo de atracción del espectáculo aquí trabaja en otra división, la de los miedos irracionales y los pequeños detalles que pasan desapercibidos a la vista, aquello que no se ve, pero que constituye una fuente de conjeturas y espacios vacíos que nuestra imaginación rellenará con gusto. Ese es el origen del miedo. La película consigue en gran medida su objetivo gracias a un solo plano que sin duda debería estudiarse en los anales del género, un encuadre muy inteligente que integra en una única imagen muchísimas ideas que el cerebro rechaza ver juntas. La contemplación sin el trucaje de la edición cinematográfica del dormitorio de la pareja, con la puerta abierta y el «más allá» conviviendo sin barreras (ni tan siquiera psicológicas) con la cama en el mismo espacio pero fuera del ángulo de visión de los insensatos protagonistas produce, como poco la contradictoria y tensa necesidad de cerrar los ojos y mantenerlos abiertos a la vez.

Desde un punto de vista meramente intelectual, el film puede resultar irritante, sobre todo porque es poca cosa y no se molesta en dar más explicaciones ni estimular esa parte de todo espectador que necesita sentir que ha atado cabos, de cualquier grosor. Pero entendiendo el cine como un abanico de posibilidades amplias y en diferente grado entretenidas, ésta es sin duda una propuesta de consideración, más propia de parque de atracciones que de círculos de arte y ensayo, pero digna manifestación en la historia del entretenimiento. Mientras en sus otras vertientes el cine siga teniendo quien lo defienda, películas como estas pueden disfrutarse sin peligro de extinción de las verdaderas bestias del celuloide.